Cuando llegamos al portal, me puso una mano en el hombro.
Fue un gesto torpe.
Breve.
Casi brusco.
Pero yo lo entendí.
“Luego subo”, dijo. “He comprado pan.”
Lucía sonrió.
“¿Otra vez?”
“Es que el panadero me lo da mal cortado. Alguien tiene que comérselo.”
En el hospital me hicieron análisis.
Me miraron.
Me preguntaron por los efectos de la quimio.
Yo respondí lo que pude.
Hay una vergüenza extraña en contar lo débil que está uno.
Como si el cuerpo te estuviera dejando mal delante de desconocidos.
La doctora fue amable.
No usó palabras grandes.
No vendió esperanza barata.
Miró los informes con calma y nos dijo que el tratamiento estaba haciendo efecto.
No era una cura milagrosa.
No era una película.
No era “todo ha desaparecido”.
Pero algunas lesiones habían reducido tamaño.
Otras estaban estables.
Y eso, en mi mundo nuevo, era una puerta entreabierta.