Lucía se llevó las manos a la boca.
Yo no reaccioné al principio.
Había escuchado tantas frases duras en esa consulta que mi cabeza no supo qué hacer con una buena.
“¿Eso es bueno?”, pregunté, como un tonto.
La doctora sonrió con suavidad.
“Sí, Diego. Es bueno.”
Salimos del hospital despacio.
Lucía lloró en la acera.
Pero no como en el baño.
No escondida.
No con el grifo abierto.
Lloró con la cara al aire, agarrada a mi brazo.
Yo también lloré.
La gente pasaba.
Un autobús se detuvo cerca.
Alguien cruzó con bolsas de la compra.
La vida seguía siendo normal alrededor de nosotros.
Y por primera vez en mucho tiempo, eso no me dolió.
Me pareció hermoso.
Cuando llegamos a casa, don Julián estaba esperando en el rellano.
De pie.
Con su bolsa de papel.
Como si hubiera estado allí casualmente desde hacía dos minutos.