El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Aunque todos sabíamos que llevaba más tiempo.

Lucía subió primero.

Él la miró a la cara y no preguntó nada.

Solo dijo:

“Hay pan.”

Entonces ella empezó a llorar otra vez.

Don Julián se quedó quieto, incómodo, como un hombre que no sabe qué hacer con las lágrimas de otra persona.

Luego abrió los brazos un poco.

Lucía se acercó y lo abrazó.

Él miró al techo.

“Bueno”, murmuró. “Tampoco hace falta montar una escena en el descansillo.”

Pero no se apartó.

Esa noche cenamos los tres otra vez.

Sopa.

Pan.

Un poco de queso suave que yo pude comer sin que el estómago protestara demasiado.

Don Julián quiso brindar con té.

Dijo que brindar con agua daba mala suerte, y que brindar con vino era mala idea con mis medicinas, así que el té era “la solución menos absurda”.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *