El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Levantamos las tazas.

Lucía dijo:

“Por hoy.”

Yo repetí:

“Por hoy.”

Don Julián carraspeó.

“Y por el ascensor, a ver si aguanta hasta mañana.”

Nos reímos.

Y esa risa quedó en la cocina como una lámpara encendida.

Los meses siguientes no fueron fáciles.

Quiero decirlo claro.

Hubo días feos.

Días en que no podía comer.

Días en que me enfadaba por cualquier cosa.

Días en que Lucía se encerraba cinco minutos en el dormitorio y salía con los ojos rojos, fingiendo que había estado buscando una chaqueta.

Días en que yo veía mi reflejo en el espejo y no reconocía al hombre que me miraba.

Más delgado.

Más viejo.

Más frágil.

Pero también hubo días buenos.

Días pequeños.

Y aprendí que los días pequeños pueden salvarte un trozo de alma.

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