El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Un martes pude bajar a la calle y caminar hasta la esquina.

Tardé casi veinte minutos en hacer lo que antes hacía en dos.

Me dio igual.

Lucía iba a mi lado, despacio, como si pasear a paso de caracol fuera el plan más elegante del mundo.

Don Julián nos vio desde el portal.

“No os alejéis mucho”, gritó. “Que luego no pienso cargar con nadie.”

Pero bajó igual.

Y caminó detrás de nosotros, fingiendo que solo iba a revisar si alguien había dejado mal cerrada la puerta.

Otro día, una niña del colegio donde trabajaba Lucía le hizo un dibujo.

No ponía “sé fuerte”.

No ponía “lucha”.

Solo había tres personas sentadas a una mesa.

Una taza.

Un plato.

Y un pan enorme, dibujado como si fuera un sol.

Lucía me lo enseñó al llegar.

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