El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Yo sabía, por comentarios sueltos de los vecinos, que había muerto hacía años.

También sabía que desde entonces don Julián se había vuelto más seco.

Más difícil.

Como si hubiera decidido molestar al mundo antes de que el mundo pudiera dolerle otra vez.

“Ella decía que una casa sin flores parece una sala de espera”, murmuró.

Miró la maceta.

“Yo no las cuidé.”

No supe qué decir.

Entonces añadió:

“Cuando te vi enfermo, me dio rabia. No por ti. Por mí.”

Levanté la mirada.

“¿Por usted?”

Asintió.

“Porque yo llevaba años comportándome como si ya se me hubiera acabado la vida. Y tú, con todo lo que tienes encima, querías una cena normal.”

Se quedó en silencio.

Luego empujó la maceta hacia mí.

“Lucía sabe de plantas?”

“Más que yo, seguro.”

“Pues dile que me ayude. No quiero matar otra cosa por cabezón.”

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