Aquello fue lo más parecido a pedir ayuda que le escuché jamás.
Esa tarde subimos la maceta a nuestra cocina.
Lucía la colocó junto a la ventana.
Don Julián protestó porque decía que allí daba demasiado sol.
Lucía protestó porque decía que él no tenía ni idea.
Yo me senté a verlos discutir sobre geranios como si aquello fuera el asunto más importante del país.
Y pensé:
Esto también es vida.
No grande.
No perfecta.
Pero vida.
Con el tiempo, dejamos de llamar “visitas” a lo que hacía don Julián.
Ya no era el vecino que subía.
Era parte de la tarde.
Parte de la mesa.
Parte de nuestra manera de seguir.
Un sábado, Lucía propuso algo.
“Quiero que celebremos nuestro aniversario.”
Yo la miré sorprendido.
Faltaban dos semanas.
Antes siempre salíamos a cenar.