El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Un restaurante sencillo.

Un paseo por el centro.

Alguna foto mal hecha porque yo nunca sabía dónde mirar.

Ese año pensé que no lo haríamos.

“No sé si tendré fuerzas”, dije.

“No hace falta salir.”

“¿Entonces?”

“Lo hacemos aquí.”

Me dio vergüenza.

No sé por qué.

Tal vez porque el aniversario me recordaba todo lo que podía perder.

Lucía lo notó.

Se sentó a mi lado.

“No quiero celebrar que todo va bien”, dijo. “Quiero celebrar que estamos aquí.”

Esa frase se me quedó dentro.

Estamos aquí.

No decía “para siempre”.

No decía “sin miedo”.

No decía “ganamos”.

Solo decía la única verdad que podíamos sostener.

Estamos aquí.

El día del aniversario, Lucía puso un mantel limpio.

Yo me afeité despacio, con pausas, porque levantar el brazo me cansaba.

Me puse una camisa azul que me quedaba grande.

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