El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Antes me ajustaba bien.

Esa tarde colgaba de mis hombros como ropa prestada.

Me miré al espejo.

Durante un segundo quise llorar.

Luego Lucía apareció detrás.

Me arregló el cuello de la camisa.

“Guapo”, dijo.

Yo solté una risa amarga.

“Lucía…”

Me giró con cuidado.

“Guapo para mí.”

Y no supe discutir eso.

Don Julián llegó a las ocho en punto.

Traía pan, claro.

Pero también traía una pequeña tarta casera.

Estaba torcida.

Un lado más alto que el otro.

La cobertura parecía haber sobrevivido a una pelea.

La dejó sobre la mesa con orgullo.

“La he hecho yo.”

Lucía abrió mucho los ojos.

Yo también.

Don Julián se defendió antes de que dijéramos nada.

“Ya sé que no es bonita. Pero ninguna tarta bonita ha arreglado nunca una mala tarde.”

La cortamos después de cenar.

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