El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Estaba demasiado dulce.

Un poco seca.

Con un sabor raro a limón y canela.

Fue una de las mejores tartas de mi vida.

Porque había sido hecha por un hombre que durante años no quiso entrar en la vida de nadie.

Y ahora estaba allí, sentado con nosotros, preguntándome si podía comer otro trozo o si eso iba a “enfadar a mis tripas”.

Después de la tarta, Lucía sacó una caja pequeña.

Dentro había fotos.

No muchas.

Fotos nuestras de años anteriores.

En la playa.

En una boda de unos primos.

En el salón, con ropa vieja, montando una estantería.

Yo más fuerte.

Ella con menos cansancio en los ojos.

Al principio me dolió verlas.

Pensé en el Diego de esas fotos.

El Diego que subía escaleras.

El Diego que corría.

El Diego que creía que cuidar la salud era una especie de contrato con el futuro.

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