Pero luego miré mejor.
En casi todas las fotos, Lucía estaba riéndose de algo.
De mí.
De una tontería.
De la vida.
Y entendí que mi cuerpo había cambiado, sí.
Pero no todo estaba perdido.
La forma en que ella me miraba seguía allí.
Don Julián tomó una foto donde salíamos los dos en la cocina, años atrás.
“Esta está mal encuadrada”, dijo.
Luego la dejó en el centro de la mesa.
“Pero se nota que os queréis. Eso salva el encuadre.”
Nadie habló durante unos segundos.
Porque a veces una frase sencilla cae en el lugar exacto.
Meses después, sigo sin saber cuánto tiempo tengo.
Nadie lo sabe de verdad.
Los médicos hablan de tratamientos, controles, posibilidades.
Yo escucho.
Pregunto lo necesario.
Hago lo que toca.
Pero ya no cuento mi vida solo en informes.
La cuento en mañanas en que puedo desayunar media tostada.