En tardes en que Lucía vuelve del colegio y me cuenta algo absurdo.
En noches en que don Julián sube con pan y se queda aunque diga que tiene prisa.
La cuento en la maceta de geranios junto a la ventana.
Contra todo pronóstico, sigue viva.
Don Julián dice que es por él.
Lucía dice que es porque por fin ha dejado de tocarla cada cinco minutos.
Yo digo que algunas cosas sobreviven cuando alguien empieza a cuidarlas tarde, pero de verdad.
Y quizá eso también nos pasó a nosotros.
A don Julián.
A Lucía.
A mí.
No voy a decir que el cáncer me enseñó a vivir.
No me gusta esa frase.
El cáncer me quitó demasiadas cosas como para darle las gracias.
Me quitó fuerza.
Me quitó planes.
Me quitó la falsa seguridad de pensar que el cuerpo siempre responde.