El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

Un día normal.

Solo eso.

Un día en el que quejarme porque no queda leche. Porque el vecino hace ruido. Porque hay cola en el supermercado. Porque la cena salió sosa.

Un día sin informes médicos.

Sin agujas.

Sin personas entrando en casa con esa cara de tristeza preparada.

Después de la primera quimioterapia, empezaron a escribirme muchos conocidos.

“Eres fuerte.”

“Tienes que luchar.”

“Eres un guerrero.”

Sé que lo decían con cariño.

Pero cada vez que leía eso, me sentía más solo.

Porque no había nada heroico en aquello.

Un guerrero suena a alguien que levanta la cabeza.

Yo metía la cabeza en el lavabo.

Un guerrero suena a alguien que elige su batalla.

Yo no había elegido nada.

Me despertaba con sabor a metal en la boca. Las manos me hormigueaban tanto que a veces no podía sujetar bien una taza. El pelo se me quedaba en la almohada. Mi cuerpo olía distinto. Me cansaba al cruzar el pasillo.

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