Y aun así, cuando venía alguien a visitarme, yo sonreía.
Traían bizcochos, caldo, fruta, flores. Se sentaban en el sofá y hablaban bajito, como si una palabra mal puesta pudiera romperme. Algunos evitaban contarme cosas buenas, como si la alegría estuviera prohibida en mi casa. Otros hablaban demasiado, llenando todos los silencios.
Casi todos miraban el reloj.
Y cuando se iban, yo veía el alivio en sus ojos.
Fuera los esperaba su vida normal.
Dentro me quedaba yo.
Lo peor no era el dolor físico.
Lo peor era sentirme ya como un recuerdo.
Un fantasma que todavía respiraba.
La gente me miraba y parecía pensar en el día en que yo ya no estaría. Pero yo estaba allí. Sentado delante de ellos. Escuchando. Viendo. Queriendo seguir siendo Diego, no solo “el enfermo”.
Lucía no me miraba así.
Lucía todavía me veía.