El vecino gruñón que nos enseñó a sentarnos con el miedo

De día era fuerte. Me preparaba la medicación, apuntaba citas, hacía comidas suaves, llamaba cuando hacía falta, me tapaba con una manta si me quedaba dormido en el sofá.

Cada mañana decía:

“Hoy solo pensamos en hoy.”

Pero por la noche la oía llorar en el baño.

Abría el grifo para tapar el sonido.

Yo fingía dormir.

No porque no me doliera. Me dolía demasiado.

Pero durante el día ella tenía que sostenerme a mí, la casa, las llamadas, las visitas, las frases torpes de los demás. La noche era el único lugar donde podía derrumbarse sin sentirse culpable.

Así que me quedaba quieto.

Con los ojos cerrados.

Y le dejaba a su dolor una habitación propia.

Una tarde llamó a la puerta don Julián.

Vivía en el piso de abajo. Tenía 69 años, pocas sonrisas y la costumbre de quejarse por todo: las bolsas mal puestas, el portal abierto, el ascensor ocupado demasiado tiempo.

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