En la puerta del colegio, Mateo se detuvo.
Vi cómo apretaba la funda contra el pecho.
—¿Y si me preguntan cómo murió papá?
Me agaché frente a él.
—Dices solo lo que quieras decir. Nada más.
Carlos, que estaba a un lado, añadió con suavidad:
—Tu historia no tiene que dolerle a nadie para ser importante. Basta con que sea verdad.
Mateo asintió.
Y entró.
Yo pasé las siguientes horas mirando el reloj.
Cuando salió al mediodía, venía distinto.
No saltando.
No gritando.
Pero caminaba más recto.
Su maestra se acercó a mí con los ojos húmedos.
—Ha hablado muy bien —me dijo—. Con una serenidad que no esperaba en un niño tan pequeño. Al final, todos querían conocer a Roco.
Mateo sonrió por primera vez en muchos días.
—Mamá, preguntaron si Roco puede venir un día.