Yo miré al viejo perro, que esperaba junto a la verja, con la lengua fuera y su pata torcida.
—Tendremos que preguntarle a él.
Como respuesta, Roco soltó un resoplido cansado y movió la cola.
Un viernes por la tarde, la escuela organizó una pequeña jornada sobre familias, recuerdos y cuidado de los animales. No fue nada grande. No hubo cámaras, ni aplausos exagerados, ni discursos bonitos.
Solo niños sentados en círculo, maestras con pañuelos en los bolsillos y Roco tumbado en una manta, dejando que manos pequeñas tocaran con respeto sus orejas viejas.
Mateo habló poco.
Pero dijo algo que todavía guardo en el corazón.
—Roco no es valiente porque no tenga miedo. Es valiente porque se queda aunque tenga miedo.
Una niña levantó la mano y preguntó si las cicatrices le dolían.
Mateo miró a Roco.
—A veces sí. Pero mi mamá dice que algunas marcas no significan que algo esté roto. Significan que sobrevivió.