Roco aprendió algo más difícil.
Aprendió a descansar.
Al principio, cada vez que alguien se acercaba demasiado a mí, levantaba la cabeza. Si alguien hablaba fuerte en la escalera, se ponía delante de Mateo. Si una puerta golpeaba, sus ojos viejos volvían a aquella guerra que ninguno de nosotros podía ver.
Pero poco a poco, empezó a dormir más profundo.
Se quedaba bajo el sol del salón, con las patas estiradas, roncando suavemente. Dejaba que Mateo le pusiera una manta encima. A veces incluso se quedaba dormido mientras Carlos le limpiaba con cuidado la cicatriz del hocico.
Una tarde de primavera, fuimos todos al lago.
El cielo estaba claro. El aire olía a tierra húmeda y pan recién comprado. Los hombres prepararon una mesa larga con comida sencilla: tortillas, fruta, queso, bocadillos y una tarta que se había hundido por el centro pero sabía a gloria.