Después de apagar las velas, le entregué la caja.
—Hay alguien que también quería felicitarte.
Ella abrió los ojos.
—¿Quién?
Encendí la televisión.
Mi padre apareció en la pantalla.
—Hola, mi princesa.
Camila se quedó completamente quieta.
—¿Abuelito?
Se acercó lentamente.
Escuchó cada palabra.
Cuando llegó la parte en que mi padre decía que su nacimiento había sido uno de los días más felices de su vida, comenzó a llorar.
Pero esta vez no eran lágrimas de miedo.
Eran lágrimas de amor.
Al terminar el video, se volvió hacia mí.
—Mamá…
—¿Sí, mi cielo?
—¿De verdad el abuelito estaba feliz de que yo naciera?
Me arrodillé frente a ella.
—Más feliz de lo que te imaginas.
Camila me abrazó con todas sus fuerzas.
—Entonces la abuela Teresa estaba equivocada.
Cerré los ojos.
Aquella frase significaba más que cualquier sentencia judicial.