Preston palideció apenas un instante.
Fue suficiente.
Martin tomó uno de los sobres.
—Esto no demuestra nada. Son registros internos de una empresa.
—Entonces no tendrá problema en que los revisemos —dije.
Preston giró hacia mí.
—Te estás humillando, Amelia.
—¿Yo?
—No tienes idea de cómo funciona este mundo.
Casi sonreí. Había pronunciado exactamente la frase que yo esperaba.
La jueza levantó una hoja.
—Aquí aparece una transferencia de ciento ochenta mil dólares a una entidad llamada Fundación Horizonte Familiar. ¿Quién controla esa entidad?
Richard respondió antes que su hijo.
—Es una organización privada que apoya proyectos comunitarios.
—¿Y por qué el domicilio coincide con el despacho del señor Hale? —pregunté.
Nadie contestó.
Martin se inclinó sobre la mesa.
—Una transferencia empresarial no prueba que esos fondos sean bienes matrimoniales.
—No —dije—. Pero la siguiente quizá sí.
Saqué del maletín una copia del contrato de compraventa de nuestra casa. La esquina estaba manchada por una gota de café que había caído sobre ella la mañana en que Preston me pidió que firmara una refinanciación.