“Esos hombres dijeron que usted no se daba cuenta”, me confesó el hijo de un cocinero mientras comía el pastel que le prometí. Luego mencionó una comisión, aduana y casi un millón de pesos que supuestamente debía pagar. En vez de enfrentar a nadie, llamé a una vieja amiga y llevé una copia del correo original a la siguiente reunión; ahí empezó a derrumbarse toda la mentira.

—Eso no importa. Pregúntele cuánto iba a recibir Sergio de esos novecientos ochenta mil.

Rebeca tradujo.

Mori miró a Sergio.

Sergio negó apenas con la cabeza.

Takeda volvió a preguntar, esta vez con tono duro.

Mori bajó la vista y abrió la boca.

Lo que confesó en los siguientes segundos no solo destruyó el negocio: cambió para siempre la vida de Valeria, Diego y Mateo.

PARTE 3

—Diez por ciento —tradujo Rebeca después de escuchar la respuesta de Mori—. Noventa y ocho mil pesos para Sergio, disfrazados como honorarios de consultoría.

Sergio golpeó la mesa con la palma.

—¡Eso es mentira!

Takeda giró hacia él y dijo algo que ya no sonó amable.

Rebeca lo tradujo:

—Dice que deje de fingir. Que el acuerdo se habló en dos videollamadas y que Mori acaba de confirmarlo.

El silencio cayó sobre la mesa.

Sergio miró a Valeria, quizá esperando una duda, una grieta, cualquier oportunidad para defenderse.

No la encontró.

—Desde este momento ya no trabajas conmigo —dijo ella—. Tus accesos se cancelan hoy. Toda la correspondencia va a revisión legal.

—No puedes demostrar nada.

—No necesito demostrarlo para no firmar.

Takeda se puso de pie y se inclinó profundamente ante Valeria. Explicó que informaría a sus superiores, que lo ocurrido era vergonzoso y que comprendía si Casa Fresca cancelaba cualquier negociación con ellos.

Valeria aceptó la disculpa, pero no el contrato.

Cinco minutos después los japoneses se fueron.

Sergio salió sin despedirse.

Durante la semana siguiente, los abogados de Casa Fresca revisaron tres meses de mensajes. Encontraron otras traducciones alteradas: fechas de garantía suavizadas, condiciones de servicio cambiadas y dos cargos que Sergio había dejado preparados para aparecer más adelante. Valeria no sabía si todo terminaría en una demanda, pero sí sabía algo: había evitado firmar a tiempo.

También canceló el viaje de compra a Japón y buscó otra opción. Un fabricante de Querétaro podía producir vitrinas similares, con refacciones nacionales y técnicos en Guadalajara. Eran menos elegantes, pero más fáciles de mantener. Un mes después, Valeria firmó ese contrato por una cantidad menor y con cada cláusula revisada por dos personas distintas.

Cuando se lo contó a Mateo, él preguntó:

—¿Entonces por mi culpa compró mexicano?

—No por tu culpa. Gracias a ti tuve tiempo de elegir mejor.

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