Diego apareció desde la cocina.
—Entonces Mateo tenía razón.
Valeria asintió.
—En todo.
—Díselo tú. Lleva dos días preguntándome y le prometí que no le adelantaría nada.
El martes siguiente, Valeria volvió a El Andén.
Mateo estaba en la mesa del fondo practicando kanji cuando el mesero le avisó que alguien preguntaba por él.
Valeria lo esperaba en la misma mesa junto a la ventana.
—¿Otra vez la están engañando? —preguntó Mateo.
—Por ahora no. Vine a comprarte un pastel.
Cuando llegó la rebanada de chocolate, Valeria cumplió su promesa.
—Tenías razón. Sergio cambió una traducción para que yo pagara de más y él recibiera una parte. No firmé.
Mateo bajó la cuchara.
—¿Entonces los japoneses son malos?
Valeria tardó un momento en responder.
—No. Dos personas hicieron algo malo: Mori y Sergio. El señor Takeda pidió disculpas y denunció lo ocurrido dentro de su empresa. Nunca juzgues a todo un país por dos personas.
Mateo pareció aliviado.
—Qué bueno. Porque algún día voy a ir a Tokio.
—Vas a ir.
Valeria quiso darle dinero como recompensa, pero Diego se negó.
—Si le paga por esto, mañana se va a pasar una hora lavándose las manos en cada baño para ver qué escucha.
—¡Papá! Yo no estaba espiando.
Valeria soltó una carcajada.
Aceptaron, eso sí, un regalo: un buen libro de japonés. Luego Rebeca encontró un pequeño club de conversación para niños que se reunía los sábados en una biblioteca. Diego insistió en pagar la mensualidad con su propio sueldo.
En el club, Mateo conoció a Keiko Yamada, una maestra japonesa casada con un ingeniero que vivía temporalmente en Guadalajara. Ella confirmó que el niño tenía una facilidad poco común para distinguir sonidos y le pidió que no se obsesionara con hablar perfecto.
—Primero aprende a escuchar a la gente —le dijo—. El idioma viene después.
A Diego le gustó esa frase porque sonaba a algo que quería enseñarle a su hijo desde mucho antes de que apareciera el japonés.
Valeria empezó a coincidir con ellos algunos sábados. A veces llevaba café para Diego y se quedaba diez minutos; otras veces terminaba sentada una hora, oyendo a Mateo contar que había aprendido una nueva expresión. Esos ratos, sin contratos ni asistentes, se convirtieron en la parte de la semana que más esperaba.