Valeria comenzó a pasar con frecuencia por El Andén.
Al principio decía que iba para saber cómo avanzaba Mateo. Después dejó de mentirse.
Le gustaba Diego.
Era un hombre tranquilo, irónico, trabajador. La trataba igual cuando llevaba traje y chofer que cuando llegaba en jeans con el cabello recogido. Nunca le preguntó cuánto ganaba. Nunca intentó venderle una idea. Nunca pareció impresionado por que ella fuera dueña de veintisiete tiendas.
Mateo, sin querer, le contó que Diego tenía un sueño: abrir un café propio de diez mesas y cocina abierta. Llevaba años ahorrando.
Valeria podía financiarlo sin pestañear.
Cuando se ofreció a prestarle dinero sin intereses, Diego dijo que no.
—¿Por orgullo?
—No. Porque una cosa es invitar a cenar a una mujer que me gusta y otra abrir un negocio pensando que me lo compró esa misma mujer.
Valeria se quedó inmóvil.
—¿Una mujer que te qué?
Diego se puso rojo.
Desde una mesa cercana, Mateo habló sin levantar la vista del libro.
—No me metas, papá. Yo soy neutral.
Valeria se echó a reír.
Aquella torpeza terminó en su primera cita.
Luego vino otra.
Y otra.
No todo fue fácil. Ella vivía entre oficinas, bodegas, proveedores y vuelos; él terminaba turno cerca de las once y organizaba su vida alrededor de Mateo. Una noche discutieron después de una cena benéfica donde una mujer había tratado a Diego con condescendencia al saber que era cocinero de un café.
Diego confesó que temía que un día Valeria se cansara de su mundo.
Ella también explotó.
—Y yo tengo miedo de que tú nunca veas a Valeria, solo veas mi dinero y te mantengas lejos para demostrar que no lo necesitas. No quiero que me admiren ni que me teman. Quiero que me quieran.
Pasaron tres días sin hablar.
Entonces Mateo llamó a Valeria.
Su escuela haría un festival. Él daría un discurso de cinco minutos en japonés sobre Tokio.
—¿Va a ir?
—Voy a ir. Te lo prometo.
Diez días antes del festival, Valeria recibió una invitación a una recepción empresarial decisiva. De esa reunión podía depender la expansión de Casa Fresca a otro estado.
Era el mismo sábado.
El festival empezaba a las cinco.
La recepción, a las seis.