Diego vio la invitación por accidente.
—Ve a la recepción —dijo—. Mateo va a entender.
—Le prometí.
—Tu trabajo también importa.
Pero en sus ojos había una resignación que a Valeria le dolió más que un reproche.
El sábado, Mateo salió al escenario con camisa blanca. Buscó a su padre en la tercera fila y luego miró la silla vacía a su lado.
Diego sintió un nudo en la garganta.
Mateo tomó aire, miró hacia el fondo del auditorio… y se quedó inmóvil.
En la última fila estaba Valeria, sin vestido de gala, sin joyas, con jeans y un suéter sencillo. Había mandado a su director comercial a la recepción.
Mateo sonrió.
Dio su discurso completo sin equivocarse. Habló de los trenes de Tokio, del templo Sensō-ji y de la costumbre de decir “itadakimasu” antes de comer como forma de agradecer a todos los que hicieron posible esa comida.
Al final improvisó una frase.
Su maestra de japonés la tradujo para el público:
—Dice: “Algún día quiero conocer Tokio. Y hoy vino una persona muy importante para mí, una persona que nunca me ha mentido. Gracias por venir”.
Diego aplaudió mirando hacia la última fila.
Después, en el pasillo, preguntó a Valeria por qué había faltado a una reunión tan importante.
—Porque durante doce años siempre elegí el negocio y casi nunca me arrepentí. Pero hoy supe que, si elegía esa recepción, sí me iba a arrepentir.
Diego entendió.
No era que Valeria estuviera renunciando a su mundo.
Estaba decidiendo quién quería que formara parte de él.
Un año después, Diego abrió su café.
No aceptó dinero de Valeria. Usó sus ahorros, pidió un crédito y se asoció con Rodrigo, un compañero de la escuela de gastronomía. Valeria solo lo ayudó a revisar el plan de negocios, negociar dos meses de gracia con el arrendador y detectar cláusulas que podían meterlos en problemas.
—Los consejos son gratis —decía ella.
El lugar tenía exactamente diez mesas y una cocina abierta.
Mateo eligió el nombre: Itadakimasu.
—Porque antes de comer agradeces a todos los que ayudaron —explicó—. A Rodrigo, al banco, a la señora del café viejo que dejaba salir a mi papá, a Valeria por los consejos… y a mí, porque si no hubiera ido a lavarme las manos, nada de esto existiría.