Aquella frase cambió la vida de Elena.
Durante décadas intentó encontrarlo.
Nunca lo consiguió.
Hasta tres días antes del funeral.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. Alguien que conocía su historia mencionó casualmente a un hombre llamado Tomás Herrera.
Elena investigó.
Era él.
Pero ya era demasiado tarde.
Había muerto.
Por eso estaba sentada en aquella iglesia.
Y ahora su reloj estaba en la muñeca de un niño que estaban expulsando de su funeral.
—¡Alto!
Elena no gritó.
No necesitaba hacerlo.
Los guardias se detuvieron.
Ella caminó por el pasillo central.
Todos la observaban.
Bajó las escaleras y se colocó frente a Mateo.
Primero miró su rostro.
Después el reloj.
—¿Puedo verlo?
Mateo extendió lentamente el brazo.
Elena tomó su muñeca entre las manos.
Giró el reloj.
Buscó una pequeña marca junto al borde metálico.