Expulsaron a un niño del funeral de su abuelo, hasta que una mujer vio el reloj que llevaba

Allí estaba.

Casi invisible.

Tres palabras diminutas grabadas décadas atrás.

Elena cerró los ojos.

Tomás había aceptado grabarlas después de que ella se lo pidiera durante aquellas horas terribles.

Era una forma privada de recordar su promesa.

Nadie más podía conocer ese detalle.

Cuando abrió los ojos nuevamente, miró a Mateo.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo Herrera.

—¿Quién te dio este reloj?

—Mi abuelo.

Elena respiró profundamente.

—¿Tomás Herrera?

Mateo asintió.

—Anoche.

La voz del muchacho comenzó a temblar.

—Me dijo que, si alguien reconocía el reloj, debía confiar en esa persona.

Elena permaneció inmóvil.

Por primera vez en muchos años, no supo qué decir.

Tomás lo había planeado.

Había sabido que ella asistiría.

De algún modo había descubierto que la mujer a quien salvó casi cuarenta años atrás seguía buscándolo.

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