—Ya crecerás.
Después sostuvo la mano de su nieto.
—Escúchame bien, Mateo. Si algún día alguien reconoce este reloj, escucha a esa persona.
Mateo había pensado que su abuelo estaba confundido por el cansancio.
Ahora, parado frente a aquella iglesia llena de desconocidos, esas palabras regresaron a su cabeza.
Dentro había decenas de personas vestidas de negro.
Algunos habían trabajado con Tomás años atrás. Otros pertenecían a asociaciones privadas de antiguos servidores públicos, grupos de ayuda y proyectos comunitarios.
Mateo no conocía a casi ninguno.
Tomás nunca hablaba demasiado sobre su pasado.
Para Mateo simplemente era el hombre que preparaba huevos los domingos, reparaba ventiladores de los vecinos y lo esperaba despierto cuando regresaba tarde de la escuela.
El segundo guardia apareció junto al primero.
—¿Dices que eres nieto del señor Herrera?
—Sí.
—La familia ya está dentro.