Solo guardó la información para el momento en que pudiera servir a Mateo.
Meses después, siguiendo todos los procedimientos necesarios, Elena se convirtió en la responsable legal del muchacho.
Cuando todo terminó, Mateo salió de una oficina acompañado por la trabajadora social.
Elena lo esperaba en el pasillo.
Durante varios segundos simplemente se miraron.
Después Mateo caminó hacia ella.
La abrazó.
Fue un abrazo algo torpe.
Elena no estaba acostumbrada.
Mateo tampoco.
Pero ninguno se apartó rápidamente.
Mateo comenzó una nueva etapa.
Conservó las herramientas de bicicleta de su abuelo.
Dos fotografías.
La chaqueta verde.
Una caja llena de cartas que todavía no estaba preparado para leer.
Y, por supuesto, el reloj.
Nunca se lo quitaba.
Siete meses después del funeral, el pequeño centro donde Tomás había colaborado durante años organizó una ceremonia sencilla en su memoria.
No hubo lujo.