Elena lo recibió con una sonrisa.
Héctor le dio una palmada en el hombro.
Su profesor le dijo que había hablado muy bien.
Y Mateo, por primera vez desde la muerte de su abuelo, se rio sin sentirse culpable.
Cuando todos comenzaron a marcharse, salió unos minutos al patio.
Miró el reloj.
La correa original se había roto semanas atrás y habían tenido que reemplazarla.
Pero el mecanismo seguía siendo el mismo.
Tic.
Tic.
Tic.
Mateo pensó en un joven Tomás Herrera entregándoselo a una mujer asustada décadas atrás.
Pensó en su abuelo preparando el desayuno.
Pensó en los claveles blancos cayendo sobre los escalones.
Pensó en aquella frase.
“Si alguien reconoce el reloj, confía en esa persona”.
Ahora entendía que aquellas palabras nunca habían tratado realmente sobre un reloj.
Trataban sobre confianza.
Sobre dejar caminos abiertos.