—Entiendo lo que dices, pero no puedo permitir la entrada a alguien cuya identidad no podemos confirmar.
—Viví con él ocho años.
—Lo siento.
—Puedo decirle dónde guardaba las llaves de la casa. Puedo decirle que tenía una cicatriz en la mano izquierda. Puedo decirle cómo preparaba el desayuno. Puedo decirle…
—Lo siento.
Aquellas dos palabras fueron suficientes.
Dentro comenzaron a cerrar las puertas interiores.
La ceremonia estaba a punto de empezar.
Mateo bajó la mirada hacia sus flores.
Había comprado dieciséis claveles blancos en una pequeña tienda cercana a su casa.
No eran elegantes.
No tenían cintas caras.
Solo papel verde alrededor de los tallos.
Pero eran las flores que su abuelo llevaba cada año al cementerio para recordar a la esposa que había perdido mucho antes.
Mateo levantó la cabeza.
—Entonces no necesito entrar.
La mujer se detuvo.