—¿Cómo?
—Solo déjeme poner las flores junto al ataúd. Después me voy.
Nadie respondió.
—Por favor.
Uno de los guardias avanzó.
—Tienes que apartarte.
—Déjenme dejarle las flores.
—No es posible.
El hombre tomó a Mateo del brazo.
No lo golpeó.
No le gritó.
Simplemente comenzó a guiarlo hacia las escaleras.
El segundo guardia hizo lo mismo desde el otro lado.
Mateo no se resistió.
Su abuelo siempre le había enseñado que levantar la voz rara vez hacía que la verdad se escuchara mejor.
Así que caminó.
Pero al bajar el primer escalón, el papel que envolvía los claveles se abrió.
Tres flores cayeron.
Después otras cuatro.
Finalmente todo el ramo se deslizó de sus manos.
Los claveles blancos quedaron esparcidos sobre los escalones oscuros de piedra.
Mateo los miró.
Por las puertas abiertas, varias personas también estaban mirando.