Expulsaron a un niño del funeral de su abuelo, hasta que una mujer vio el reloj que llevaba

Algunas bajaron la cabeza.

Otras fingieron no haber visto nada.

Mateo sintió que algo se rompía dentro de él.

No lloró.

Ni siquiera cuando los guardias lo soltaron al pie de las escaleras.

Solo permaneció allí observando aquellas flores.

Entonces, desde la primera fila de la iglesia, una mujer se puso de pie.

Se llamaba Elena Valdés.

Tenía setenta y nueve años.

Durante más de cuatro décadas había construido un enorme grupo industrial relacionado con equipos técnicos, transporte especializado e infraestructura.

Aunque ya estaba retirada de la administración diaria, todavía era una de esas personas a las que todos escuchaban cuando entraban en una sala.

Pero Elena no se había levantado por los claveles.

Ni siquiera por Mateo.

Se había levantado por el reloj.

Lo había visto desde varios metros de distancia.

Y durante unos segundos dejó de escuchar todo lo que ocurría alrededor.

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