Treinta y ocho años desaparecieron de golpe.
Volvió a ser una mujer de treinta y tantos años, tendida bajo una estructura parcialmente derrumbada durante una misión internacional de evacuación.
Recordó el dolor en la pierna.
Recordó la sangre.
Recordó que estaba convencida de que no saldría de allí.
Y recordó al joven que se arrodilló junto a ella.
Tomás Herrera.
Entonces tenía veintisiete años y formaba parte de un equipo encargado de ayudar a evacuar civiles de una zona donde la situación se había vuelto peligrosa.
Tomás no debía regresar al edificio.
Pero regresó.
Porque Elena seguía dentro.
Cuando la encontró, ella apenas podía mantenerse consciente.
Tomás se quitó el reloj.
Aquel mismo reloj.
Se lo puso en la mano.
—Sujételo.
Elena lo había mirado con incredulidad.
—¿Para qué quiero un reloj?
—Para recordar que el tiempo sigue avanzando.