Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

—Lo intentaremos en cuanto podamos. Pero ahora necesito que me escuches.

Me explicó que el parto estaba avanzando demasiado rápido para trasladarme sin ayuda. Me pidió que siguiera sus indicaciones y trató de mantenerme tranquila.

Afuera continuaba lloviendo.

Desde el patio llegó un grito lejano.

Era Víctor.

Estaba vivo.

—¡Ana! ¡Valeria! ¡Sáquenme de aquí!

La doctora cerró los ojos durante un instante.

Después volvió a mirarme.

—No le contestes. No puedes ayudarlo en estas condiciones.

Mi suegro siguió gritando.

Prometía dinero, vehículos, contactos.

Decía que podía conseguirnos el mejor hospital privado del país si lo ayudábamos a salir.

Pero cuando escuchó que yo gritaba de dolor, cambió de tono.

—¡Valeria! ¡No vayas a perder al niño! ¡Escúchame, no puedes perderlo!

Sentí una rabia tan grande que por un instante olvidé el dolor.

Aquel hombre había pasado meses intentando hacerle daño a mi hijo y ahora tenía el descaro de exigirme que lo salvara.

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