Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Entonces cayó de rodillas.

Me miró y trató de sonreír.

—Pero necesito que seas muy valiente, porque no sé cuánto tiempo más podré ayudarte.

Y cuando otra contracción me atravesó el cuerpo, comprendí que estaba a punto de dar a luz mientras la única persona capaz de salvarnos se estaba muriendo frente a mis ojos.

PARTE 3

—Doctora, por favor, no se muera. No me deje sola.

Todavía recuerdo cómo pronuncié aquellas palabras.

No como una mujer adulta de veintisiete años, sino como una niña aterrorizada que le suplica a su madre que no se vaya.

La doctora Ana permanecía arrodillada junto a la cama, presionándose el costado con una tela limpia.

Respiraba con dificultad.

Cada vez que intentaba hablar, tenía que detenerse para recuperar el aire.

—Valeria, mírame —me pidió—. Vamos a concentrarnos en tu hijo.

—Tenemos que llamar a alguien.

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