Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

—¡Cállese! —grité—. ¡Usted no tiene derecho a hablar de mi bebé!

La doctora Ana me tomó de la mano.

—Guarda tus fuerzas, hija.

Y obedecí.

No sé exactamente cuánto duró el parto.

El tiempo dejó de tener sentido.

Solamente recuerdo la lluvia golpeando el techo, el olor a madera húmeda y la voz de Ana repitiendo que lo estaba haciendo bien.

A las tres cuarenta y dos de la madrugada, mi hijo nació.

Durante unos segundos no escuché nada.

Sentí un miedo que jamás había experimentado.

—¿Por qué no llora? —pregunté—. Doctora, ¿por qué no llora?

Ana actuó inmediatamente para ayudarlo a respirar.

Después escuché un sonido pequeño.

Luego otro.

Y finalmente un llanto fuerte que llenó aquella casa abandonada.

—Es un niño, Valeria —susurró.

Comenzó a llorar.

Yo también.

—Está vivo —repetí—. Mi bebé está vivo.

Ana lo secó y lo envolvió con las mantas limpias que había llevado. Lo acercó a mi pecho para que recibiera calor.

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