Mi hijo era diminuto.
Tenía los ojos cerrados, la piel rosada y una nariz que me recordó inmediatamente a Mateo.
Lloré todavía más.
—Se parece a su papá —dije.
La doctora acarició suavemente su cabecita.
—Muchísimo. Tiene la misma nariz.
Después apoyó la espalda contra la cama.
Vi que sus manos temblaban.
—Doctora…
Ella hizo un esfuerzo para mirarme.
—Mantén al niño calentito. No lo separes de ti. Necesita que lo revise un equipo neonatal cuanto antes.
—Vamos a salir de aquí juntas.
Ana negó apenas con la cabeza.
—En el camino hay una pequeña lechería. Sus trabajadores pasan temprano por la brecha. Si escuchas un motor, pide ayuda.
—Usted también va a salir.
No respondió.
Me pidió que recordara dónde había guardado su teléfono y la grabadora.
Después tomó aire lentamente.
—¿Sabes cuántos bebés ayudé a traer al mundo?