Negué.
—Doscientos sesenta, contando los partos que atendí sola cuando trabajaba en comunidades rurales.
Miró a mi hijo.
—Doscientos sesenta y uno.
Sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero llena de una felicidad que todavía puedo ver cuando cierro los ojos.
—Valeria, prométeme que no permitirás que nadie le haga sentir que su vida vale menos que una propiedad.
—Se lo prometo.
—Y prométeme que algún día le contarás cuánto lo amaba su papá.
Asentí entre lágrimas.
La doctora cerró los ojos.
Durante unos minutos continué hablándole.
Le dije que mi hijo necesitaba una abuela como ella.
Que todavía tenía muchas cosas que enseñarnos.
Que cuando saliéramos de ahí la invitaría a vivir con nosotros.
Pero Ana ya no contestó.
Poco después de las cuatro de la mañana, dejó de respirar.
Me quedé abrazando a mi bebé, mirando a la mujer que acababa de salvarnos a costa de su propia vida.