Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

En aquellas cápsulas que él colocaba cuidadosamente junto a mi taza.

En su sonrisa cuando me preguntaba si ya había tomado las vitaminas.

Recordé que una vez quise comprar otro suplemento recomendado por una amiga.

Él se había molestado.

—No gastes en tonterías. Yo ya conseguí lo mejor para mi nieto.

Ahora entendía por qué insistía tanto.

La investigación encontró restos de la sustancia en varias cápsulas conservadas en el pastillero de mi habitación.

La empleada doméstica declaró que Víctor había prohibido que cualquier otra persona organizara mis medicamentos.

Pero lo que terminó de demostrar sus intenciones estaba en una grabadora.

La misma que la doctora Ana había encendido antes de abrir la puerta de aquella casa.

Los investigadores recuperaron el dispositivo y encontraron nuestra conversación.

Se escuchaba a Víctor reconocer que mis síntomas no eran casualidad.

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