Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Desde un punto alto del camino consiguió comunicarse con emergencias.

Poco después comenzaron a llegar los primeros servicios de auxilio.

A mí me trasladaron a un hospital regional. Mi hijo fue llevado a una unidad neonatal, donde lo colocaron en una incubadora.

Había nacido prematuramente y necesitaba vigilancia por problemas respiratorios y por la posible exposición a sustancias tóxicas durante el embarazo.

Los médicos también comenzaron a estudiarme a mí.

Fue entonces cuando apareció la primera prueba de que mi suegro había intentado destruirnos.

Los análisis detectaron talio en mi organismo.

La toxicóloga me explicó que la sustancia podía provocar alteraciones nerviosas, caída del cabello y daños graves en diferentes órganos.

No podía decirme todavía cuánto había afectado al bebé.

Solamente me aseguró que harían todo lo posible por ayudarlo.

Cuando escuché el diagnóstico, pensé en cada desayuno que había compartido con Víctor.

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