Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

También hablaba de los documentos que supuestamente yo había firmado.

Y había una frase que los investigadores reprodujeron más de una vez:

—Para hacer esos análisis, primero tendrían que llegar al hospital.

No había sido una amenaza pronunciada por accidente.

Había sido la confesión de alguien convencido de que podía decidir quién vivía y quién moría.

Mientras yo permanecía hospitalizada, Víctor seguía atrapado en el pozo.

Los primeros rescatistas lo habían localizado con vida, pero la estructura estaba muy deteriorada.

Una enorme viga de hierro atravesaba la abertura y parte de la mampostería amenazaba con derrumbarse.

No podían sacarlo apresuradamente sin ponerlo en mayor peligro.

Fue necesario solicitar equipo especializado.

Durante casi dos días, los rescatistas trabajaron para estabilizar el pozo y retirar los obstáculos.

Víctor tenía varias fracturas y estaba deshidratado.

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