Sin embargo, conservaba la conciencia.
Después supe que había pasado largas horas llamando a sus empleados, a sus abogados y hasta a su hijo muerto.
En algún momento comenzó a ofrecer dinero a cualquiera que pudiera escucharlo.
Cien mil pesos.
Quinientos mil.
Un millón.
Nadie podía bajar todavía.
Finalmente, cuando comprendió que ninguna cantidad aceleraría el trabajo, dejó de hablar de dinero.
Un rescatista contó después que lo escuchó murmurar:
—Tenía cuatrocientas personas trabajando para mí y ahora no puedo conseguir que una sola me alcance la mano.
Cuando lograron subirlo, su primera pregunta fue:
—¿El niño está vivo?
El rescatista respondió que sí.
Entonces Víctor comenzó a llorar.
No sé si lloraba por su nieto, por su hijo muerto o porque finalmente comprendía lo que había hecho.
Lo único que sé es que nadie confundió aquellas lágrimas con una disculpa.