Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Me quedé mirando los documentos.

De pronto recordé una conversación que había tenido con mi suegro pocas semanas después del funeral.

Me dijo que necesitaba firmar algunos trámites para mantener los salarios de los empleados.

Yo estaba llorando.

Ni siquiera conseguía dormir.

Cuando le pregunté qué significaban aquellas hojas, respondió:

—Confía en mí, hija. Mateo hubiera querido que me encargara.

Había utilizado el nombre de mi esposo para manipularme.

Y cuando comprendió que podía descubrirlo, comenzó a dañarnos lentamente.

—¿Mateo murió por culpa de su padre? —pregunté.

Patricia guardó silencio antes de responder.

—No tenemos pruebas de eso. El accidente ocurrió durante una noche de lluvia y la investigación no estableció una intervención criminal. Pero sabemos que iba a reunirse con Víctor para exigirle explicaciones.

Lloré.

Durante siete meses había escuchado a mi suegro decir que Mateo había muerto porque era irresponsable y conducía borracho.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *