Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

También se investigaron las operaciones fraudulentas de la fábrica.

El día que tuve que declarar, llevé conmigo una fotografía de Ana.

Era una imagen sencilla.

Aparecía sonriendo durante una reunión familiar, con una blusa azul y el cabello recogido.

Quería que todos recordaran que la mujer que había muerto aquella noche no era solamente una testigo.

Había dedicado su vida a cuidar a otras personas.

Tenía familiares, amigas y una historia que merecía mucho más que convertirse en un número dentro de un expediente.

Meses después, Víctor pidió hablar conmigo.

Ya se encontraba bajo custodia, recuperándose de las lesiones sufridas en el pozo.

Su abogado transmitió la solicitud.

Dijo que quería conocer a su nieto.

Mi primera reacción fue negarme.

No podía comprender cómo aquel hombre se atrevía siquiera a pedirlo.

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