Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Pero había algo que necesitaba decirle.

Acepté hablar con él una sola vez, sin llevar a mi hijo.

Nos encontramos en una sala destinada a entrevistas, bajo las condiciones autorizadas por las autoridades.

Víctor había cambiado muchísimo.

Su cabello estaba completamente blanco.

Se desplazaba con dificultad y tenía las manos temblorosas.

Cuando me vio, bajó la mirada.

—Valeria…

No respondí.

—¿Cómo está el niño?

—Está vivo. Está creciendo.

Se cubrió el rostro.

—Gracias a Dios.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

—No fue gracias a usted.

Víctor comenzó a llorar.

—Lo sé.

—Fue gracias a una mujer de sesenta y ocho años que se interpuso entre nosotros y una pistola. Una mujer que no tenía acciones, ni millones, ni propiedades que defender.

Él permaneció en silencio.

—La doctora Ana tenía una vida. Tenía familia. Y usted se la quitó porque no soportaba perder el control de una fábrica.

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