Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Guardó los datos clínicos en un dispositivo separado, evitó enviar las imágenes al sistema compartido de la clínica y apagó el equipo.

Salimos por una puerta lateral.

La doctora decidió llevarme personalmente a un hospital especializado en otra ciudad. Sin embargo, una tormenta había provocado el cierre de la carretera principal.

Cuando comenzamos a buscar una ruta alternativa, sentí el primer dolor fuerte en el vientre.

Después llegó otro.

Y otro.

La doctora miró su reloj.

—Valeria, estás teniendo contracciones.

Nos refugiamos en una vieja casa de campo que había pertenecido a su esposo, mientras intentábamos conseguir ayuda.

La propiedad estaba aislada, sin vecinos cercanos y con una señal telefónica prácticamente inexistente.

Eran casi las diez de la noche cuando escuchamos un vehículo detenerse afuera.

La doctora se acercó a la ventana.

Su rostro perdió todo el color.

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