Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Del otro lado de la puerta escuché una voz que conocía perfectamente.

—Valeria, hija, abre. Vine a llevarte a casa.

Era mi suegro.

Y cuando la doctora se negó a abrir, él pronunció una frase que todavía escucho en mis pesadillas:

—Sé lo que descubrieron en el ultrasonido. Abre antes de que tengamos que hacerlo de otra manera.

PARTE 2

—No le abras, por favor —supliqué mientras otra contracción me obligaba a sujetarme del borde de la cama.

La doctora Ana se colocó frente a la puerta.

—Víctor, ella necesita atención médica. Si de verdad te preocupa tu nieto, llama a una ambulancia.

Del otro lado escuchamos una risa breve.

—No me vengas con discursos, Ana. Sé que la sacaste de tu consultorio por atrás.

—Entonces también debes saber que está en peligro.

Hubo un silencio.

Después, Víctor respondió:

—Siempre fuiste demasiado entrometida.

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