Mi suegro sonrió.
—Para hacer esos análisis, primero tendrían que llegar al hospital.
Entonces comprendí que no había venido a rescatarnos.
Había venido a impedir que llegáramos.
—¿Fuiste tú? —pregunté, temblando—. ¿Tú pusiste algo en mis vitaminas?
Él me observó durante varios segundos.
—Mateo cometió el error más grande de su vida cuando te dejó sus acciones.
—Mateo era mi esposo.
—¡Mateo era mi hijo! —gritó—. Y trabajé treinta años para levantar esa fábrica. No iba a permitir que una muchachita sin experiencia terminara controlándola.
La doctora levantó una mano.
—También es el abuelo del niño al que estás poniendo en peligro.
—Un niño que todavía no ha nacido —contestó fríamente.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Durante meses había besado mi vientre, elegido juguetes y hablado emocionado de su nieto.