Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Ahora comprendía que cada gesto había sido una mentira.

—Te daré las acciones —supliqué—. No quiero la fábrica. Solamente déjanos vivir.

Víctor negó con la cabeza.

—Ese es el problema, Valeria. Ya es demasiado tarde.

—¿Por qué?

Se acercó hasta quedar frente a la cama.

—Porque tu firma aparece en documentos que ni siquiera recuerdas haber firmado. Y si empiezan a investigar, algunas personas harán preguntas muy incómodas.

—Yo nunca te vendí nada.

—Eso tendrás que explicárselo a un juez.

La doctora Ana habló con voz firme:

—No vas a llevarte a esta mujer.

Víctor levantó el arma.

—Apártate.

En ese momento una contracción me dobló de dolor.

Grité.

La doctora se volvió hacia mí por un instante.

Víctor avanzó.

Todo sucedió demasiado rápido.

Escuché un disparo.

Ana dio un paso hacia atrás, pero no cayó. Se lanzó contra él con las últimas fuerzas que tenía.

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