Fui al ultrasonido esperando ver la carita de mi bebé, pero la doctora se quedó inmóvil frente al monitor. Mi suegro, el alcalde, había elegido personalmente al especialista que me revisaría dos días después. Ella arrancó el enchufe y susurró: “No permitas que te lleven a esa consulta”. Le pedí que me explicara qué ocurría. Entonces sacó mi expediente y me mostró quién recibiría las imágenes antes que yo.

Forcejearon hasta salir al pequeño corredor que conducía al patio.

Yo intenté incorporarme.

Escuché madera quebrándose.

Después, un grito.

Y finalmente un estruendo metálico que pareció surgir desde las profundidades de la tierra.

La doctora volvió tambaleándose al cuarto.

Su ropa estaba manchada de sangre.

—¿Dónde está Víctor? —pregunté.

—Cayó al pozo viejo —respondió—. La estructura se vino abajo. No te acerques.

Recordé el pozo seco que ella me había señalado al llegar, detrás de unas tablas deterioradas.

Tenía varios metros de profundidad y una pesada viga oxidada atravesaba parte de su entrada.

Quise levantarme para pedir auxilio.

Pero la doctora me sujetó.

—No, Valeria. El bebé viene ahora.

—¡Usted está herida! ¡Tenemos que conseguir ayuda!

Ana se apoyó en la mesa y respiró con dificultad.

—Escúchame. Llevo más de cuarenta años ayudando a nacer niños. Tú vas a salir de esta casa con tu hijo.

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